CONCLUSIONES INCONCLUSAS
Por sexto año consecutivo, Wines of Argentina y la Coviar
llevaron a cabo los Argentina Wine Awards, el concurso nacional que convoca la
mayor cantidad de muestras y entrega la mayor cantidad de medallas, con vistas
a promover los vinos de mejor calidad para exportar.
No tengo nada en contra de los Argentina Wine Awards, es más,
me parece que suman. Sin embargo, una vez más me quedé con las ganas. Entiendo
a los organizadores cuando esgrimen sus objetivos: dar a conocer nuestros vinos
en el mundo. Y es por ello que cada año convocan en Mendoza a personalidades de
diversos orígenes y ámbitos (periodistas, compradores, sommeliers, enólogos,
etcétera) relacionados con el vino, con el propósito de que los evalúen y los
critiquen constructivamente. Hasta aquí vamos bien. Organización impecable,
récord de muestras todos los años y asistencia perfecta de los protagonistas
del vino argentino. Diez puntos.
Pero una vez que el evento terminó, debemos cosechar sus
frutos. Y no estoy hablando de los 18 trofeos, ni de las 70 medallas de oro, ni
mucho menos de las 304 de plata y las 228 de bronce, fruto de las 733
degustaciones a lo largo de casi una semana. Tampoco estoy juzgando a las
personalidades internacionales convocadas: Michael Silacci, hacedor de Opus
One; Gilles Paquet, catedrático francés; Alastair Maling, el tan sagaz enólogo
neocelandés; Anthony Hamilton Russell, el más borgoñón de los sudafricanos y
Marcelo Retamal, enólogo chileno fuera de serie, entre otros. Y mucho menos
critico los vinos que los mismos expositores trajeron consigo para compartir
con la audiencia.
Sin duda, una experiencia muy enriquecedora. Pero ellos
pasan y nosotros nos quedamos. Y nuestros vinos siguen su camino, el que le
imprimen –día a día– miles de técnicos. Me pongo en la piel de ellos y de todos
los que se esforzaron mucho, más allá de la cotidianeidad, para realizar el
AWA. Y siento que no se ha avanzado, no en cuanto a calidad de vinos, sino en
conclusiones. Porque las declaraciones de los enólogos extranjeros sobre
nuestros vinos no fueron muy claras.
Como siempre, hubo quejas sobre el contenido alcohólico y la
utilización de la madera en los vinos. Sin embargo, también, como siempre, los
vinos mejor premiados ostentaban un buen contenido alcohólico y una larga
crianza en barricas nuevas de roble. Esto evidencia que nuestros vinos son así
y que hay que aceptarlos, pero no por compromiso, sino por contundencia de
ventas y consumo alrededor del mundo. Hasta hace poco, nadie apostaba a que la
Argentina podía superar la barrera de los 1.000 millones de dólares en
exportación. Ya vamos por la de 1.500 y con este tipo de vinos. Esto no
significa que seamos ajenos a que una mayor graduación atenta contra el
incremento del consumo. Tampoco, que se busque alcanzar la madurez fenólica por
debajo de los 13,5 grados de alcohol, tal como hace Marcelo Retamal en Chile
con sus De Martino. Basado en su vasta experiencia, Retamal asegura que se
puede y los que saben, entienden que hay que tomarse tan en serio sus dichos
como sus vinos.
Otro de los reclamos, una constante de los visitantes
expertos, aludió a una identificación más precisa con el terruño. Este pedido
no es nuevo para los hacedores locales. Y es por eso que la evolución
cualitativa va de la mano de los single vineyards o de aquellos grandes vinos
elaborados con uvas seleccionadas de parcelas especiales. Pero sí llama la
atención cuando el reclamo viene de técnicos foráneos, que ni siquiera habían
pisado con anterioridad suelo argentino. Incluso alguno de ellos ni siquiera
había degustado un vino. Este último dato no pone en duda sus virtudes
profesionales. Incluso hasta le puede aportar una visión menos enviciada de
nuestros vinos. Pero, cómo puede ser posible criticar la falta de tipicidad
cuando no se conoce la tipicidad.
Los nombres de los varietales destacados fueron los mismos
de siempre: Malbec y Torrontés, seguidos de lejos por el Bonarda y el Cabernet
Sauvignon. Salvo Retamal, que apostó fuerte por el Chardonnay de Gualtallary,
ninguno se la jugó, más allá de algunas muestras de sana envidia por parte de
los enólogos del Nuevo Mundo de nuestros cepajes estrellas.
El panorama devino confuso cuando se habló de los
consumidores. Para unos, los norteamericanos, hoy por hoy los consumidores más
entusiastas de nuestros vinos fuera de la Argentina son de una manera y exigen
características de los vinos. Otros opinaban totalmente lo inverso. Un detalle
que aportó más a la confusión fue cuando Bob Pepi (asesor de Casa Bianchi hace
varios años) alertó que el consumo internacional se está pareciendo cada vez
más. Por suerte, los protagonistas locales tienen una visión acertada. Y si
bien el negocio manda, y esto implica una gran complicación a la hora de querer
ganar en tipicidad, nuestros vinos van evolucionando. Queda claro que no
importa si el consumidor es global, americano experimentado o chino emergente,
el vino argentino debe ser el fiel reflejo de nuestra naturaleza, de nuestra
gente y de nuestro espíritu para llevar por el mundo un sentido de pertenencia
con la mejor calidad posible. Pero eso ya lo sabíamos antes del AWA.
Quizás haya llegado el momento de replantearse el modelo. De
seguir adelante con la iniciativa, pero ya no con el foco puesto en las
medallas, con el 84% de los vinos premiados cuando la reglamentación de la OIV
promueve sólo un 30%. En definitiva, no sé cuánto influye en la exportación una
medalla nuestra a un vino nuestro. Tampoco creo que el camino sea el de
encerrar a los visitantes y darles vino todo el día, durante cuatro días, para
al quinto hacerles ver la luz y mostrarles una
sola bodega y ningún terruño. Creo que sería mejor plantearse objetivos
para cada cepa, en cada zona. Qué se quiere comprobar o someter a juicio en
cada caso. Hacer una selección previa a cargo de jurados nacionales para
detectar lo más representativo y luego sí presentarlos agrupados y con una
misión clara: este es el mejor Pinot Noir que podemos hacer acá en la
Argentina, es de la Patagonia y posee esta madurez: ¿qué les parece? Este es un
Malbec de alta gama, elaborado a partir de un blend de zonas; estos son de
similar calidad, pero de Gualtallary, Vista Flores, Altamira, Vistalba,
Lunlunta… En cada caso, teniendo claras sus características diferenciales para
poder comprobar si los degustadores las perciben. A partir de ahí, que
critiquen en consecuencia.
Se sabe que si uno invita a alguien y lo trata muy bien,
será difícil que se anime a criticar duramente (salvo Retamal, que le hizo
honor a su apellido, pero se notó que lo hizo con sentimiento). Es por eso que
hay que acotar la experiencia, encontrar los focos de interés y sacarles jugo.
Menos vinos y más charla técnica entre los jurados. Seguro que así se logran
sacar conclusiones que no sean inconclusas.








