EL NACIMIENTO DE UN GRAN VINO
No existe una receta única e infalible, pero sí varios ingredientes que dependen mucho del suelo, el clima y el hombre. Pero para llegar a ese lugar, y descubrir que sea el indicado y que las cepas sean las de mejor expresión, hay que tener visión. Pero esa visión no alcanza luego para vender vino. Hay que querer ir más allá y desafiar los límites conocidos.
Luego de muchos estudios y de un trabajo en viña y bodega minucioso, en 1992 un bodeguero argentino se decide a lanzar internacionalmente dos vinos a base de los cepajes tintos y blancos más reconocidos del mundo. Pero eso sólo no era lo arriesgado, sino la franja de precio a la que estaba puntando, los 15 dólares vinoteca. Por aquel entonces los vinos chilenos gozaban de mucho más reconocimiento en los Estados Unidos, pero los vinos íconos de aquel entonces (Cousiño Macul y Casillero del Diablo) costaban sólo 6 dólares. Sin embargo, ambos reaccionaron rápidamente y colocaron sus vinos al mismo precio que los argentinos. En 1994, dos años después, este mismo bodeguero decide salir con un Malbec, pero esta vez a 20 dólares. Cabe aclarar que el éxito de sus dos primeros Cabernet Sauvignon y Chardonnay, le permitieron hacer esta jugada. De alguna manera, había nacido una sana y entretenida competencia con los vecinos trasandinos. Quienes volvieron a reaccionar rápidamente. Esta vez la gente de Cousiño Macul lanzó su Finisterre a 25 dólares.
Los estudios e investigaciones seguían arrojando muy buenos resultados y la calidad evolucionaba con cada cosecha. Así fue que a fines del Siglo XX, este mismo bodeguero lanza una nueva línea con sus tres varietales ya reconocidos. Pero esta vez a un escalón más arriba en cuanto a propuesta cualitativa y a 50 dólares. Esta vez, para reaccionar y estar a la misma altura de las circunstancias, los hermanos chilenos recurrieron a un joint venture, el de Errazuriz y Mondavi, con su famoso vino Segna, que llegó a 60 dólares. Justo en ese año, recorriendo la bodega junto al propietario estaba Francis Mallmann, quien sin querer queriendo se convirtió en el padrino de la criatura. Porque el bodeguero sabía que había algo especial en aquellos tintos de 1997 que estaban reposando en barricas nuevas de roble francés. Sin embargo aquel “extraordinario” del chef sería el empujón final. Así nació la primer cosecha de un vino más ambicioso aún, blend a base de Cabernet Sauvingon y Malbec. El nombre fue elegido por los hijos del bodeguero, quien orgulloso no se resistió. Lanzado en 1999 el éxito rotundo no se hizo esperar, y tal es así que también impactó en el Reino Unido. Allí, la prestigiosa Jancis Robinson junto al importador de este gran vino argentino que estaba causando furor a pequeña escala, deciden hacer una cata, sin consultarle al bodeguero.
A la degustación asistieron treinta y tres invitados, quienes a ciegas calificaron a los cinco vinos. Chateau Haut Brion y Chateau Latour de Burdeos, el Caymus de Napa Valley, el Solaia Toscano y este blend argentino con el nombre del bodeguero. Y sí, aunque no lo crean –allí también los sorprendió a todos– el mejor vino resultó ser el argentino. Incluso muchos de los asistentes confesaron que pensaron que se trataba del Latour.
Los años pasaron y su éxito siguió acrecentándose, sobre todo en los Estados Unidos y el Brasil, pero seguía siendo un vino vedado para el mercado interno.
Hoy, este señor vino argentino llega al país por primera vez con la cosecha 2005, y pronto con las 2006, 2007 y 2008 (que sale en tres meses en USA). Este vino no sólo llegó para quedarse, sino para ser profeta en su tierra. Algo que Nicolás Catena Zapata busca desde hace muchos años.
Writer: Fabricio Portelli

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